Más de especulaciones... en este caso desde Lanzarote
Desde "Lanza rota"; nombre con el que Alejo Guanapay, habla desde Lanzarote, es otro ejemplo de lo que desde este blog, estoy denunciando, hasta donde hemos llegado en la especulación inmobiliaria en este país. Es algo vergonzoso, que va en clara oposición con el Desarrollo Sostenible, donde se nos dice que somos arrendatarios tanto del patrimonio natural como del cultural, y que cuando nos marchemos, debemos dejar el legado en idénticas condiciones o mejorado... no destruido porque los que han de nacer, tienen derecho a la belleza, a conocer sus raíces....
Habla Alejo Gunanapay ( Extraido de la Web del periódico Canarias 7):
Cansado de hacer fotografías durante dos días seguidos con sol y con viento, escribo estas mal trazadas líneas rodeado de noche, con el portátil enchufado en la silenciosa habitación de un hotel, pequeño rascacielos rescatado de las cenizas en la orilla del mar de antaño, que me permite sentir, más que ver, lo que no soy capaz de expresar con palabras. Estoy en un lugar que se llama Arrecife -¿se acuerdan?-, que es y que no es el Arrecife de mis idas y venidas, de mis adioses y desencuentros. Me encuentro en una isla gravemente enferma en lo social, en lo económico, en lo político, cuyo nombre podría ser Lanza Rota. El muelle más triste del mundo, por el que me fui la primera vez, todavía parece flotar, a quinientos metros de donde estoy, en el océano que lo castiga como queriendo destruirlo. Aquí cerca, al final de un espacio atormentado que llaman parque, todavía vive en paz la mitad de mi vida. Mirando al norte, no alcanzo a ver en la oscuridad la silueta del castillo de San José. Pero sé que está donde siempre estuvo. Y sé que allí, del otro lado de la carretera, crece feliz la nieta que adoro.
Resulta inexplicable lo que se siente estando donde no se está, porque lo que existe ya no es lo que existió, o es de otra forma. Y sin embargo, lo que ya no es también es mío.
Lo que quiero decirle al amable lector, y que no es exactamente lo que me digo a mí mismo, tiene que ver con el futuro, más que con el pasado. No es verdad que el pasado sea cosa pasada, porque lo sigo llevando en el alma. Pero no lo reclamo, ni pretendo compartirlo con nadie. Al contrario, he de confesar y confieso que, aunque me duela, acepto que la vida es como es, respeto la realidad, y pregunto: ¿cómo se mantiene, sostiene y prolonga el mal llamado progreso de Lanzarote?
Dejando a un lado el corazón y la poesía, en este viaje tardío y sentimental a la Isla del Viento también he podido ver y entender, además de fotografiar, algo que la distancia me impedía percibir con claridad: las claves del bienestar posible.
Salvo error u omisión por mi parte, la riqueza acumulada en Lanzarote y por los lanzaroteños en los últimos treinta o cuarenta años, con sus luces y sus sombras, hay que consolidarla. Pero resulta que consolidar no es lo mismo que crecer. El crecimiento sin consolidación no es otra cosa que un caminar incierto hacia el abismo. Y nada se consolida si todo depende de un círculo vicioso infernal: de aumentar artificialmente la población residente, para atender al aumento de la población flotante (o turística).
Si los dos crecimientos paralelos se mantuvieran indefinidamente, la isla se hundiría con el simple peso demográfico. Pero además, del hundimiento no se salvaría nada. Pues, en el momento del naufragio, la verdad saltaría hecha pedazos al comprobarse que todo se hizo sobre arenas movedizas: que el dinero venía de economías ajenas y lejanas, pertenecientes a los lugares de origen de los turistas, y que buena parte de los ingresos se iba a engrosar economías, también ajenas y lejanas, defendidas por los residentes de conveniencia.
Darle la vuelta al problema, ponerse a consolidar sin dañar el crecimiento (...), no es cosa sencilla. Pero la solución está estudiada, es conocida, y hoy, ya, a Dios gracias, puede ponerse en práctica, por muchas razones, y sobre todo por una: porque a los empresarios de Lanzarote les sobran recursos y experiencia, al mismo tiempo (...) que les faltan espacio y mercados para desarrollar plenamente sus capacidades.
Salvadas las distancias, los emprendedores lanzaroteños están ahora mismo ante el mismo dilema que los baleares supieron remontar con maestría en su momento, cuando optaron por someter el crecimiento turístico a la pura ley de la oferta y la demanda, liberando las energías necesarias para diversificar en su propio terreno e invertir fuera... capitalizando dentro.
No es una tontería, por tanto y por ejemplo -ni mucho menos un arrebato insularista-, la idea de una Cámara de Comercio lanzaroteña. Pero hay que entender dos cosas: que la Cámara sólo es un primer paso y que en Lanzarote hay más y mejores empresarios que políticos.
Traducido al román paladino, eso significa que la Isla no puede esperar por el impulso de las Islas mayores -que no se aclaran-, ni por la coherencia de sus propias autoridades. O los empresarios asumen la responsabilidad de consolidar el futuro, o en Lanzarote no habrá futuro. La solución no puede ser la sobrecarga del territorio sino la expansión del mercado. Y eso no es cosa de concejales ni de consejeros. Es cosa de andar por el mundo real, que existe y que es enorme
